PENSAR O EXHIBIRSE

Vivimos tiempos en que los continentes se imponen a los contenidos. No hay más que ver cómo venden coches, rara vez nos hablan del propio auto, sino del supuesto confort y del prestigio a todos los niveles, incluido el sexual, que proporciona poseer ese vehículo. Otro escandaloso ejemplo es el de las candidaturas políticas que se presentan a las elecciones sin explicar ni el que, ni el cómo, ni el cuándo, pero repitiendo machaconamente consignas que no concretan nada.
Es preocupante que consigan vender muchísimos coches y ganar elecciones con semejante manera de darse publicidad. Lo inquietante es que esos mensajes obtengan las respuestas esperadas, eso significa que están bien codificados, y si el mensaje es el correcto, solo puede concluirse que los compradores o votantes no están bien de la cabeza. Se llega a semejante conclusión por las mismas razones que si escuchas una cierta forma de mensaje, sabes que está dirigido a un niño.
La publicidad, una máquina cuyo combustible son las frustraciones de la gente, tiene mucha responsabilidad en esa prioridad de la superficie sobre el interior. Sin embargo, la publicidad sería inútil y hasta ridícula, sí no encontrara los receptores adecuados sólidamente instalados en nuestras cabezas.
Lo cierto es que cuándo una persona toma decisiones a partir de las apariencias, desconoce lo que hay detrás o no quiere saberlo. En cualquier caso hace pensar en una persona alienada, que decide, no basándose en la experiencia o raciocinio propio, sino utilizando criterios ajenos, ya sean modas o teorías, seducciones personales o convencimientos adquiridos mediante la ‘fe’.
Hace pensar en personas que han renunciado a la capacidad de reflexión, de entender lo que ocurre a su alrededor, de enfrentarse a los problemas, de implicarse en las existencias ajenas. Sin embargo, puesto que los demás son la referencia más sólida que disponemos, estas capacidades son el único camino para tomar conciencia de nosotros mismos, para señalar nuestras coordenadas psíquicas y sociales y, en definitiva, obtener una identidad a partir de la cual formar criterio y tomar decisiones. Sin necesidad de falacias publicitarias para comprar un coche. Sin necesidad de alienarnos con la ‘fashion’ que más ‘mola’, o apoyarnos en las horteras escenificaciones de las campañas electorales para elegir a quien debe gobernar nuestras haciendas.
La alienación es un estado de incertidumbre permanente donde se ha perdido el sentimiento de la propia identidad. En el estado de alienación el individuo sustituye la realidad vivida por el relato que hacen otros. Cuando la realidad se plantea compleja se siente incapaz de realizar el esfuerzo necesario para comprenderla y, aunque en algún momento decida abordar ese esfuerzo, la incertidumbre que causa la identidad perdida, cuya recuperación exige un esfuerzo todavía mayor, lo desmoraliza definitivamente.
De bien pequeños nos estimulan esa incertidumbre con arengas tales cómo ‘ya lo entenderás cuándo seas mayor’, ‘no pienses en esas cosas’, ‘tú pórtate bien y no te preocupes’. Nos enseñan a meter la cabeza bajo tierra para no ver lo que está pasando pero, principalmente, para no pensar ni hablar de ello. Desde muy pequeños nos enseñan a eludir el compromiso con la realidad, nos adiestran en la hipocresía cómo una cualidad fundamental e imprescindible.
Posiblemente lo correcto seria preguntarse en que medida es posible singularizarse, ser uno mismo, dejar de ser una cosa idéntica a millones de cosas más. Tal propiedad es muy difícil en una sociedad cuyo sistema de producción nos obliga a desarrollar tareas, muchas veces complejas, en las que no decidimos absolutamente nada, es más, tareas en las que cualquier rastro personal será tomado cómo un error.
La persona alienada puede compararse con quien se ve en la obligación de caminar pero que no sabe de donde viene ni hacia donde va. Una existencia tal, solo tiene su apariencia cómo autoafirmación, cómo soporte de su personalidad, de su existencia. Solo tiene el recurso de llamar la atención con el envoltorio, con la superficie, todo lo demás no depende de ella, de su raciocinio o de sus decisiones.
Una sociedad compuesta de individuos alienados, se convierte en una desenfrenada competencia por llamar la atención ya que, tras el reclamo, no hay nada destacable o diferente que nos singularice entre todos los demás.
Socialmente el estado de alienación significa la perdida del uso de las libertades, del libre albedrío, significa que nuestra voluntad puede ser sustituida por la de terceros. Otros ejercerán, telemáticamente, nuestros derechos y gozarán, en este caso directamente, de los beneficios de nuestro trabajo.
Desde una perspectiva personal, la no comprensión de la realidad nos arrastra al convencimiento de que no podemos hacer nada para cambiarla. En tal caso la única esperanza de cualquier avance personal, reside en tener suerte y que algo o alguien se fije en nosotros. La única acción que nos resta para avanzar, es un permanente coqueteo con ese ‘algo o alguien’ con que solemos confundir la realidad.
Sin embargo, cuándo la realidad se evidencie, cuándo la soledad, o la compañía no ‘coqueteable’, nos devuelva nuestra imagen desnuda, sin envoltorios, sin la suficiente dosis de alcohol o ansiolíticos, sin que nuestro físico tenga la más mínima importancia, no entenderemos absolutamente nada y el esfuerzo de vivir se hará penoso, obligado e irremediable.
Juan Manuel Lopez
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